Salas de Exhibición

Explorá nuestras salas permanentes, temporales e inmersivas que exhiben el patrimonio textil de los pueblos indígenas y afromexicanos.

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Sala 1 Permanente

El telar y la sociedad virtuosa

Es nube, humo, niebla. Vino a mullírselos como plumón, vino a hacerlo elevarse, vino a tenderlo horizontalmente. Es el templero, el dechado, el lizo, la cabeza del lienzo, lo que vino a darles, lo que vino a ponerles, para que se sujeten cual urdimbre al enjulio, para que se manejen como lizo en el telar… Pocos años después de la conquista española, Andrés de Olmos recopilaba dichos y proverbios como ejemplos del buen lenguaje, para que otros evangelizadores aprendieran a hablar el náhuatl con elocuencia. Encontró que ciertas partes del telar servían para representar el orden y la armonía en las relaciones humanas. El templero (octacatl), que mantiene pareja la anchura del tejido, y el lizo (xiōtl), que controla a los hilos de la urdimbre, eran mentados una y otra vez en las antiguas coplas. Junto con ellos se hacía alusión al dechado (machiyōtl), el muestrario de figuras que guía a la persona que teje para labrar diseños complejos y hermosos, incorporando plumón mullido en los trabajos más finos. Telar y dechado se convertían así en metáforas de la convivencia ideal en una sociedad. El telar de cintura que observaron los primeros cronistas de Indias en la Cuenca de México era empleado por todas las comunidades mesoamericanas, así como por los pueblos originarios de buena parte de los Andes y otras regiones sudamericanas. Versátil y portátil, este telar permite tejer una gran diversidad de técnicas, pero genera lienzos relativamente angostos. Hacia el norte, en cambio, los pueblos de la Sierra Madre Occidental y la costa del Pacífico idearon un telar fijo en el piso que permite tejer lienzos anchos y largos. Ambos telares siguen vivos en nuestro país. El primero fue adoptado por comunidades afromexicanas, mestizas e incluso criollas, como reconocimiento tácito del ingenio y la creatividad de los pueblos indígenas.

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Sala 10 Permanente

Los colores del mundo textil

La diversidad cromática del textil mexicano proviene de una amplia gama de fuentes naturales. Esta sala muestra los procesos y conocimientos detrás de la obtención de colores, así como su significado cultural.

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Sala 11 Permanente

Tiempo y espacio sagrado en el telar

Tlā ya timohuīca, totlazòcihuāpilli, ¡mācamō, Tonāntzin, titēchmoilcāhuiliz! Mānel in ilhuicac huel timopāquītiz, ¿àmō nozo quēnman timotlalnāmictiz? ….. Si ya se va usted, amada Señora nuestra, ¡no vaya a ser, Madrecita nuestra, que usted nos olvide! Aun si en el cielo mucho se alegrará usted, ¿no habrá un momento cuando usted haga memoria? …… Sor Juana Inés de la Cruz, quien hablaba náhuatl y nos legó este tocotín dedicado a la Virgen de Guadalupe -canto devocional que compuso en su niñez en esa lengua-, escribió en su madurez que le gustaban las manos, no porque se adornaran con joyas sino porque sabían del lenguaje. Haciendo eco de la Décima Musa, podemos admirar los textiles mexicanos como una segunda piel labrada por manos ingeniosas que expresan conceptos complejos con sutileza y elegancia, más allá de un atractivo colorido. Investigadoras indígenas, algunas de ellas formadas en antropología y lingüística, nos revelan la profundidad de las reflexiones plasmadas en el telar, al entrevistar a mujeres mayores y aprender ellas mismas a tejer y bordar. Transcriben narraciones del comienzo del tiempo, la tierra, los animales, el maíz y las flores, el camino del sol y la luna, acompañadas todas con el movimiento de la trama y la urdimbre. Nos llevan a entender cómo ciertos diseños, sean figurativos o abstractos -que a primera vista pueden parecer simples geometrías decorativas- encarnan en los hilos nociones fundamentales acerca de la persona, el cosmos y el sentido de la vida.

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Sala 12 Permanente

Nuevo aliento sobre los hilos: innovación comunitaria

En un diálogo silencioso con la cultura de masas y la industrialización del país, los pueblos indígenas y afromexicanos han aprovechado creativamente las posibilidades que ofrecen nuevos materiales y herramientas para el arte textil, como los tintes sintéticos inestables, las fibras derivadas del petróleo y las máquinas de coser. También han incorporado nuevas figuras a su repertorio de diseños a partir de la imaginería urbana difundida por los medios impresos y ahora electrónicos, otorgándoles un sentido propio. Este proceso hace patente la vitalidad de sus reflexiones colectivas, aunque no se articulen de modo explícito. Quizá por el prestigio internacional del arte mexicano a raíz de la popularidad de los autorretratos de Frida Kahlo, desde los años noventa del siglo XX diversas casas de diseño y empresas privadas en la industria de la moda dirigen su mirada a los textiles indígenas. En varios casos han copiado innovaciones comunitarias recientes, trabajadas con aguja o telar de pedales, más que diseños ancestrales tejidos en telar de cintura. Esta tendencia a plagiar las creaciones contemporáneas de los pueblos de México atenta contra los derechos de propiedad intelectual de colectividades vivas y activas.

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Sala 2 Permanente

La ciencia indígena en el telar

Cultivar la milpa, contar las cosas por veintenas y regirse por el calendario sagrado de 260 días (tōnalpōhualli en náhuatl) –con base en observaciones astronómicas– son rasgos culturales que han compartido los pueblos originarios desde Sinaloa y Tamaulipas hasta Nicaragua y Costa Rica. El telar, por ser el implemento más complejo en la vida cotidiana, nos permite acercarnos a su pensamiento cuantitativo, especialmente de las mujeres. La mayoría de las lenguas mexicanas usan la numeración vigesimal, que vemos reflejada en los tejidos. Por economía mental, tiene sentido recurrir a una cifra canónica cuando hay que multiplicar y dividir el número de hilos una y otra vez. Encontramos, en efecto, que la veintena funciona como unidad básica en los casos donde la decoración de un lienzo se construye a partir de cuentas repetitivas, sobre todo cuando hay que reunir muchos hilos en la fase inicial, para después dividirlos por grupos iguales. Los teñidos de reserva son un buen ejemplo, que podemos admirar en quesquémeles, rebozos y ceñidores del centro de México. En el sur del país, por otra parte, algunos huipiles evocan los nombres de las veintenas y su posición ordinal en el tōnalpōhualli: las tejedoras mayores recuerdan que tres diseños bordados se relacionan con figuras calendáricas y números específicos del uno al veinte. Los textiles nos revelan vínculos entre el pensamiento matemático, la percepción del cosmos y el arte de los pueblos indígenas.

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Sala 3 Permanente

La herencia de Ixcuina: fibras textiles mexicanas

La mayoría de las especies de maguey (o agave) son nativas de nuestro país y muchas son endémicas, es decir, que no crecen de forma silvestre fuera de México. Esto nos indica que vivimos en la región de origen de este grupo de plantas. Algunas de ellas, como el maguey manso o pulquero, se cultivan desde la antigüedad para dar alimento y bebida, y también como fuente de fibras. Extraído de sus pencas, el ixtle (del náhuatl īchtli) se comenzó a usar para torcer cordones y tejer redes, y para fabricar ropa y sandalias, miles de años antes de que se cultivara el algodón. El ixtle y otras fibras de agave, como el henequén y el zapupe, siguen sirviendo para crear hermosos morrales, mecapales y hamacas en diversas zonas del país. México es también el origen de la planta Gossypium hirsutum, de la familia de la malva y la jamaica. Esta especie aporta hoy más del 90% del algodón producido en todo el mundo, por la resiliencia del arbusto y la calidad de su fibra, superiores a otras especies de Gossypium originarias de otras regiones. Crece silvestre en las dunas costeras del sur del país, donde la gente comenzó a sembrarla hace más de cuatro mil años. Los pueblos originarios seleccionaron variedades con fibra de color blanco y café claro (llamado coyuchi, del náhuatl coyōichcatl: ‘algodón coyote’), usadas en diversas comunidades. Algunos huipiles y quesquémeles mexicanos, prendas como las que vestía Ixcuina (deidad con copos de algodón sobre la cabeza), destacan entre los tejidos más finos del mundo.

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Sala 4 Permanente

Los tintes, regalo de México al mundo

Por mucho tiempo se creyó que la grana, el colorante rojo más valorado en el mercado mundial después de 1521, nos llegó de los Andes. Sin embargo, análisis recientes indican que tanto el valioso insecto como su planta hospedera, el nopal “de Castilla”, se originaron en México. Ambas especies fueron criadas y cultivadas desde la antigüedad, incluso antes de que la gente hilara y tejiera, lo que sugiere que el tinte servía como pintura corporal. El ácido carmínico, que le da el color al insecto, se adhiere con facilidad a las fibras animales, no así al algodón y otras fibras vegetales. Antes de que los europeos introdujeran la lana y la seda, se teñían con grana el pelo de conejo y el plumón de pato. Hoy pocas comunidades la usan, pero el gusto por las tonalidades rojas, rosadas y magentas delata la huella del nōcheztli, la ‘sangre de la tuna’ como se le nombra en náhuatl. El añil, como el algodón, pertenece a un grupo de plantas que crecen en las regiones tropicales secas de todo el mundo. Este grupo, llamado Indigofera, forma parte de las leguminosas, la familia del frijol; la especie suffruticosa se cultiva desde la antigüedad en México, Centro y Sudamérica. El procesamiento del tinte es muy laborioso, porque hay que fermentar las hojas y los tallos en agua y, después, batir la mezcla con fuerza. Para teñir hay que preparar una lejía con ceniza o cal y airear los hilos mojados en el baño de añil. El color brillante llamado “azul maya” se preparaba con añil y una arcilla llamada atapulgita, visible en varias piezas de cerámica encontradas en el Templo Mayor, frente a este Museo. El añil es el tinte más usado en los textiles comunitarios, de Sonora y Nuevo León a Chiapas y Yucatán. Algunas especies de caracoles de la familia Muricidae producen un líquido que les sirve como defensa y también para paralizar a los pequeños animales marinos de los que se alimentan. Este líquido contiene un compuesto químico con una estructura similar al índigo del añil y se ha usado como tinte textil de gran firmeza en distintas regiones del mundo. México es el único país donde esta tradición se mantiene viva desde la antigüedad: los tintoreros en la comunidad ñuu savi (mixteca) de Pinotepa de Don Luis, en Oaxaca, siguen tiñendo madejas de algodón con el caracol púrpura de una forma sustentable, que asegura la continuidad de la especie. La diversidad de plantas que distingue a México provee de numerosos colorantes a las comunidades dedicadas a las artes textiles; la lista de tintes vegetales usados tradicionalmente en nuestro país sobrepasa las cien especies. Entre ellas podemos señalar a los colorantes amarillos, ocres y cafés más apreciados por los mexicas, según las fuentes del siglo XVI, como el cuāpachtli, un liquen (simbiosis de un hongo y un alga) que crece sobre las peñas; el xōchipalli, una flor de la familia de la dalia; y el zacatlaxcalli, una planta parásita en forma de fideos que invade las copas de los árboles y está emparentada con el camote. Los hermosos tonos verdes que admiramos en varios textiles mexicanos se obtienen tiñendo un azul leve de añil sobre un amarillo intenso.

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Sala 5 Permanente

Fibras de ultramar: lana y seda

Hace unos diez mil años, los pueblos del Medio Oriente comenzaron a domesticar la oveja. En un principio criaban el ganado menor por su carne, leche y zaleas, pero hace cerca de seis mil años comenzaron a seleccionar ovejas por la calidad de su lana para tejer. Los europeos introdujeron este animal en México después de 1519; los rebaños crecieron con rapidez, especialmente en los pastizales del norte del país. La población indígena y mestiza seleccionó ovejas que producen lana sedosa, cruzando las variedades llamadas “merino” y “churra” traídas de España. El brillo natural de esta fibra, teñida con los colorantes de nuestra tierra, logró la hermosa gama que distingue los textiles mexicanos. El gusano de seda fue domesticado en China hace unos cinco mil años. Para criar el insecto, los antiguos chinos comenzaron a cultivar la morera blanca. Al extenderse la cría de los valiosos gusanos, los pueblos del occidente de Asia domesticaron también la morera negra para alimentarlos. La producción de seda fue introducida en España durante la época medieval, a raíz de la conquista islámica. En México, los pueblos indígenas ya usaban al menos una especie de seda nativa antes de la invasión europea. Fue el mismo Hernán Cortés quien promovió la cría de la oruga asiática en la Nueva España, donde Oaxaca se convirtió en la región de mayor producción y uso hasta el día de hoy.

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Sala 6 Permanente

La fusión de los telares: sarapes y colchas

El poncho que todavía tiendo de sobrecama vino a casa cuando yo nací y ha sido objeto mío desde entonces. Acompaña mis fortunas y viajes. Tan raído se va quedando. Tan calvo está como yo mismo -y de igual humor. Suele servirme contra el frío de las excursiones en auto. Me hace de cama rústica o de mantel improvisado en el campo. Tiene un color de tigre, dorado y enrojecido a fuego. Lo veo como parte de mi epidermis, cónyuge de mis costumbres. Ni lo quiero ni lo aborrezco: no lo siento ya. Se prepara a morir conmigo, y así acelera solícitamente su ruina; porque los hombres nos quemamos más deprisa que nuestras mantas. En él he escondido intentos y pecados. Por él se dijo: “Debajo de mi manto, al Rey mato.” Él es mi capa de que hago, cuando quiero, un sayo. Él es mi capa que todo lo tapa. Él es todo lo que dicen de él los refranes. Y hasta se llama “Poncho”, como yo mismo en el diminutivo de mi tierra natal. Alfonso Reyes, 1926 Los europeos introdujeron la rueca y el telar de pedales. La rueca sirve para hilar fibras y se usa en México para torcer lana. El telar de pedales produce telas con mayor rapidez que el telar de cintura, pero carece de su versatilidad para lograr tejidos muy finos en numerosas técnicas. El Códice Osuna -documento elaborado en Tenochtitlan y Tlatelolco a mediados del siglo XVI- muestra cómo el telar de cintura se hibridó con el implemento traído de España. Este mestizaje textil perdura hasta la fecha en algunos rasgos de los tejidos de lana, especialmente en los sarapes. Las investigaciones sobre su origen han buscado relacionarlos con las mantas de Andalucía, adornadas con franjas sencillas, pero creemos ver antecedentes de sus diseños complejos en las prendas multicolores tejidas en la técnica del tapiz en Siria y el norte de África. A raíz de la Independencia de nuestro país, la popularidad del sarape como símbolo nacionalista lo llevó a ser recreado en los telares indígenas, tanto de cintura como de piso. La misma secuencia de innovación se aprecia en las colchas mexicanas. Según el testimonio de un viajero estadounidense que visitó Coahuila en 1827, en San Esteban Nueva Tlaxcala se tejían sarapes de muchos colores en telares sujetados a un poste y tensados con el cuerpo. Todavía en la década de 1940, algunas personas recordaban el náhuatl, tal como se hablaba en ese barrio de Saltillo. Esta observación nos lleva a pensar que la difusión de sarapes, jorongos y ponchos en el centro y norte de nuestro país -incluso en Monterrey, cuna del autor del epígrafe- se relaciona con la diáspora del pueblo tlaxcalteca.

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Sala 7 Permanente

Las artes de la aguja

Una aguja no pica a otra aguja. refrán mexicano En los ejemplos arqueológicos es difícil diferenciar los bordados de los brocados –es decir, adornos sobrepuestos a una tela ya tejida de aquellos incorporados en el mismo proceso de tejido, con tramas suplementarias–, pero es evidente que hubo un intercambio constante entre ambas técnicas después de que los españoles introdujeron agujas metálicas de diversos calibres junto con las tijeras y la chaquira (cuentas pequeñas de vidrio), así como la randa, el deshilado y otras formas de adornar una tela. Las labores de aguja ganaron terreno en el siglo XIX, conforme se popularizó la manta trigueña producida en telares mecánicos, que pronto fueron electrificados, al mismo tiempo que los arrieros llevaban hasta los rincones más lejanos los hilos de algodón torcidos por máquinas, teñidos con añil y con alizarina natural (tinte rojo obtenido de la planta llamada rubia, cultivada en Asia y Europa), después sintética. El México independiente vio florecer los dechados bordados, que según se creía representaban el trabajo de jóvenes criollas educadas por monjas, pero que también fueron labrados por mujeres indígenas. Hoy las labores de aguja se practican junto con el tejido en telar de cintura en varias regiones del país, a menudo combinadas ambas artes en la misma prenda.

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Sala 8 Permanente

Cantos de luz y transparencia

A diferencia de regiones más secas del planeta, como Egipto y la costa de Perú, el clima de nuestro país no favoreció la conservación de los textiles creados hace varios siglos. Entre los pocos fragmentos y muy escasas prendas completas que sobrevivieron, encontramos algunos ejemplos tejidos con algodón sin teñir, cuyos diseños se lograron mediante cambios en la técnica y la densidad de los hilos. Este interés por los efectos sutiles producidos al manipular los hilos en la tela, evidentes a contraluz, sigue vivo en diversas regiones del país. Algunas de estas técnicas en blanco parecen ser originarias de México, pues no se conocen en otras zonas del mundo. Ponen en evidencia, de este modo, la creatividad de las artistas del telar, que han sido y siguen siendo mujeres, con pocas excepciones. Junto con los delicados tejidos de gasa labrados en diversas comunidades indígenas, destacan las servilletas y manteles que tejían antiguamente las mujeres afromexicanas de la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca y las mujeres mestizas en Jalisco y San Luis Potosí.

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Sala 9 Permanente

Diseñar con nudos: los teñidos de reserva

Tenías un rebozo en que lo blanco iba sobre lo gris con gentileza para hacer a los ojos que te amaban un festejo de nieve en la maleza. Del rebozo en la seda me anegaba con fe, como en un golfo intenso y puro, a oler abiertas rosas del presente y herméticos botones del futuro. (En abono de mi sinceridad séame permitido un alegato: entonces era yo seminarista sin Baudelaire, sin rima y sin olfato). ¿Guardas, flor del terruño, aquel rebozo de maleza y de nieve, en cuya seda me adormí, aspirando la quintaesencia de tu espalda leve? Ramón López Velarde, 1916 La prenda antigua mejor conservada de México y uno de los ejemplos de mayor mérito en su técnica en todo el mundo, fue hallada en excavaciones realizadas durante el porfiriato en la zona arqueológica de Apaseo el Alto, en Guanajuato: una tilma de ixtle fino teñido después de tejerse, al parecer con añil, anudando y pespunteando antes la tela para crear figuras complejas relacionadas con las mantas del Códice Magliabecchiano, pintado en la Cuenca de México en el siglo XVI. Desafortunadamente sólo se conserva una fotografía de este textil extraordinario, que nos permite apreciar el nivel de maestría que alcanzaron los teñidos de reserva en el México antiguo y que distinguían a la tilma que vestía el Tlàtoāni en Tenochtitlan. Los rebozos jaspeados –donde los hilos de la urdimbre se anudan antes de sumergirlos en el baño de tinte– preservan esta herencia. Sobresalen en la actualidad los rebozos de seda tejidos en Santa María del Río, San Luis Potosí, y los rebozos de algodón tejidos en Tenancingo, Estado de México. Hasta mediados del siglo pasado las artistas textiles de la Sierra Gorda en Querétaro y el Valle del Mezquital en Hidalgo elaboraban hermosos quesquémeles, enaguas y otras prendas teñidas en reserva con grana y añil, arte que merece volver a vivir.

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