Sobre esta Exhibición
Tenías un rebozo en que lo blanco
iba sobre lo gris con gentileza
para hacer a los ojos que te amaban
un festejo de nieve en la maleza.
Del rebozo en la seda me anegaba
con fe, como en un golfo intenso y puro,
a oler abiertas rosas del presente
y herméticos botones del futuro.
(En abono de mi sinceridad
séame permitido un alegato:
entonces era yo seminarista
sin Baudelaire, sin rima y sin olfato).
¿Guardas, flor del terruño, aquel rebozo
de maleza y de nieve,
en cuya seda me adormí, aspirando
la quintaesencia de tu espalda leve?
Ramón López Velarde, 1916
La prenda antigua mejor conservada de México y uno de los ejemplos de mayor mérito en su técnica en todo el mundo, fue hallada en excavaciones realizadas durante el porfiriato en la zona arqueológica de Apaseo el Alto, en Guanajuato: una tilma de ixtle fino teñido después de tejerse, al parecer con añil, anudando y pespunteando antes la tela para crear figuras complejas relacionadas con las mantas del Códice Magliabecchiano, pintado en la Cuenca de México en el siglo XVI. Desafortunadamente sólo se conserva una fotografía de este textil extraordinario, que nos permite apreciar el nivel de maestría que alcanzaron los teñidos de reserva en el México antiguo y que distinguían a la tilma que vestía el Tlàtoāni en Tenochtitlan. Los rebozos jaspeados –donde los hilos de la urdimbre se anudan antes de sumergirlos en el baño de tinte– preservan esta herencia. Sobresalen en la actualidad los rebozos de seda tejidos en Santa María del Río, San Luis Potosí, y los rebozos de algodón tejidos en Tenancingo, Estado de México. Hasta mediados del siglo pasado las artistas textiles de la Sierra Gorda en Querétaro y el Valle del Mezquital en Hidalgo elaboraban hermosos quesquémeles, enaguas y otras prendas teñidas en reserva con grana y añil, arte que merece volver a vivir.
iba sobre lo gris con gentileza
para hacer a los ojos que te amaban
un festejo de nieve en la maleza.
Del rebozo en la seda me anegaba
con fe, como en un golfo intenso y puro,
a oler abiertas rosas del presente
y herméticos botones del futuro.
(En abono de mi sinceridad
séame permitido un alegato:
entonces era yo seminarista
sin Baudelaire, sin rima y sin olfato).
¿Guardas, flor del terruño, aquel rebozo
de maleza y de nieve,
en cuya seda me adormí, aspirando
la quintaesencia de tu espalda leve?
Ramón López Velarde, 1916
La prenda antigua mejor conservada de México y uno de los ejemplos de mayor mérito en su técnica en todo el mundo, fue hallada en excavaciones realizadas durante el porfiriato en la zona arqueológica de Apaseo el Alto, en Guanajuato: una tilma de ixtle fino teñido después de tejerse, al parecer con añil, anudando y pespunteando antes la tela para crear figuras complejas relacionadas con las mantas del Códice Magliabecchiano, pintado en la Cuenca de México en el siglo XVI. Desafortunadamente sólo se conserva una fotografía de este textil extraordinario, que nos permite apreciar el nivel de maestría que alcanzaron los teñidos de reserva en el México antiguo y que distinguían a la tilma que vestía el Tlàtoāni en Tenochtitlan. Los rebozos jaspeados –donde los hilos de la urdimbre se anudan antes de sumergirlos en el baño de tinte– preservan esta herencia. Sobresalen en la actualidad los rebozos de seda tejidos en Santa María del Río, San Luis Potosí, y los rebozos de algodón tejidos en Tenancingo, Estado de México. Hasta mediados del siglo pasado las artistas textiles de la Sierra Gorda en Querétaro y el Valle del Mezquital en Hidalgo elaboraban hermosos quesquémeles, enaguas y otras prendas teñidas en reserva con grana y añil, arte que merece volver a vivir.