Sobre esta Exhibición
El poncho que todavía tiendo de sobrecama vino a casa cuando yo nací y ha sido objeto mío desde entonces. Acompaña mis fortunas y viajes. Tan raído se va quedando. Tan calvo está como yo mismo -y de igual humor. Suele servirme contra el frío de las excursiones en auto. Me hace de cama rústica o de mantel improvisado en el campo. Tiene un color de tigre, dorado y enrojecido a fuego. Lo veo como parte de mi epidermis, cónyuge de mis costumbres. Ni lo quiero ni lo aborrezco: no lo siento ya. Se prepara a morir conmigo, y así acelera solícitamente su ruina; porque los hombres nos quemamos más deprisa que nuestras mantas. En él he escondido intentos y pecados. Por él se dijo: “Debajo de mi manto, al Rey mato.” Él es mi capa de que hago, cuando quiero, un sayo. Él es mi capa que todo lo tapa. Él es todo lo que dicen de él los refranes. Y hasta se llama “Poncho”, como yo mismo en el diminutivo de mi tierra natal.
Alfonso Reyes, 1926
Los europeos introdujeron la rueca y el telar de pedales. La rueca sirve para hilar fibras y se usa en México para torcer lana. El telar de pedales produce telas con mayor rapidez que el telar de cintura, pero carece de su versatilidad para lograr tejidos muy finos en numerosas técnicas. El Códice Osuna -documento elaborado en Tenochtitlan y Tlatelolco a mediados del siglo XVI- muestra cómo el telar de cintura se hibridó con el implemento traído de España. Este mestizaje textil perdura hasta la fecha en algunos rasgos de los tejidos de lana, especialmente en los sarapes. Las investigaciones sobre su origen han buscado relacionarlos con las mantas de Andalucía, adornadas con franjas sencillas, pero creemos ver antecedentes de sus diseños complejos en las prendas multicolores tejidas en la técnica del tapiz en Siria y el norte de África.
A raíz de la Independencia de nuestro país, la popularidad del sarape como símbolo nacionalista lo llevó a ser recreado en los telares indígenas, tanto de cintura como de piso. La misma secuencia de innovación se aprecia en las colchas mexicanas. Según el testimonio de un viajero estadounidense que visitó Coahuila en 1827, en San Esteban Nueva Tlaxcala se tejían sarapes de muchos colores en telares sujetados a un poste y tensados con el cuerpo. Todavía en la década de 1940, algunas personas recordaban el náhuatl, tal como se hablaba en ese barrio de Saltillo. Esta observación nos lleva a pensar que la difusión de sarapes, jorongos y ponchos en el centro y norte de nuestro país -incluso en Monterrey, cuna del autor del epígrafe- se relaciona con la diáspora del pueblo tlaxcalteca.
Alfonso Reyes, 1926
Los europeos introdujeron la rueca y el telar de pedales. La rueca sirve para hilar fibras y se usa en México para torcer lana. El telar de pedales produce telas con mayor rapidez que el telar de cintura, pero carece de su versatilidad para lograr tejidos muy finos en numerosas técnicas. El Códice Osuna -documento elaborado en Tenochtitlan y Tlatelolco a mediados del siglo XVI- muestra cómo el telar de cintura se hibridó con el implemento traído de España. Este mestizaje textil perdura hasta la fecha en algunos rasgos de los tejidos de lana, especialmente en los sarapes. Las investigaciones sobre su origen han buscado relacionarlos con las mantas de Andalucía, adornadas con franjas sencillas, pero creemos ver antecedentes de sus diseños complejos en las prendas multicolores tejidas en la técnica del tapiz en Siria y el norte de África.
A raíz de la Independencia de nuestro país, la popularidad del sarape como símbolo nacionalista lo llevó a ser recreado en los telares indígenas, tanto de cintura como de piso. La misma secuencia de innovación se aprecia en las colchas mexicanas. Según el testimonio de un viajero estadounidense que visitó Coahuila en 1827, en San Esteban Nueva Tlaxcala se tejían sarapes de muchos colores en telares sujetados a un poste y tensados con el cuerpo. Todavía en la década de 1940, algunas personas recordaban el náhuatl, tal como se hablaba en ese barrio de Saltillo. Esta observación nos lleva a pensar que la difusión de sarapes, jorongos y ponchos en el centro y norte de nuestro país -incluso en Monterrey, cuna del autor del epígrafe- se relaciona con la diáspora del pueblo tlaxcalteca.