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Exhibición Permanente

Los tintes, regalo de México al mundo

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Sobre esta Exhibición

Por mucho tiempo se creyó que la grana, el colorante rojo más valorado en el mercado mundial después de 1521, nos llegó de los Andes. Sin embargo, análisis recientes indican que tanto el valioso insecto como su planta hospedera, el nopal “de Castilla”, se originaron en México. Ambas especies fueron criadas y cultivadas desde la antigüedad, incluso antes de que la gente hilara y tejiera, lo que sugiere que el tinte servía como pintura corporal. El ácido carmínico, que le da el color al insecto, se adhiere con facilidad a las fibras animales, no así al algodón y otras fibras vegetales. Antes de que los europeos introdujeran la lana y la seda, se teñían con grana el pelo de conejo y el plumón de pato. Hoy pocas comunidades la usan, pero el gusto por las tonalidades rojas, rosadas y magentas delata la huella del nōcheztli, la ‘sangre de la tuna’ como se le nombra en náhuatl.

El añil, como el algodón, pertenece a un grupo de plantas que crecen en las regiones tropicales secas de todo el mundo. Este grupo, llamado Indigofera, forma parte de las leguminosas, la familia del frijol; la especie suffruticosa se cultiva desde la antigüedad en México, Centro y Sudamérica. El procesamiento del tinte es muy laborioso, porque hay que fermentar las hojas y los tallos en agua y, después, batir la mezcla con fuerza. Para teñir hay que preparar una lejía con ceniza o cal y airear los hilos mojados en el baño de añil. El color brillante llamado “azul maya” se preparaba con añil y una arcilla llamada atapulgita, visible en varias piezas de cerámica encontradas en el Templo Mayor, frente a este Museo. El añil es el tinte más usado en los textiles comunitarios, de Sonora y Nuevo León a Chiapas y Yucatán.

Algunas especies de caracoles de la familia Muricidae producen un líquido que les sirve como defensa y también para paralizar a los pequeños animales marinos de los que se alimentan. Este líquido contiene un compuesto químico con una estructura similar al índigo del añil y se ha usado como tinte textil de gran firmeza en distintas regiones del mundo. México es el único país donde esta tradición se mantiene viva desde la antigüedad: los tintoreros en la comunidad ñuu savi (mixteca) de Pinotepa de Don Luis, en Oaxaca, siguen tiñendo madejas de algodón con el caracol púrpura de una forma sustentable, que asegura la continuidad de la especie.

La diversidad de plantas que distingue a México provee de numerosos colorantes a las comunidades dedicadas a las artes textiles; la lista de tintes vegetales usados tradicionalmente en nuestro país sobrepasa las cien especies. Entre ellas podemos señalar a los colorantes amarillos, ocres y cafés más apreciados por los mexicas, según las fuentes del siglo XVI, como el cuāpachtli, un liquen (simbiosis de un hongo y un alga) que crece sobre las peñas; el xōchipalli, una flor de la familia de la dalia; y el zacatlaxcalli, una planta parásita en forma de fideos que invade las copas de los árboles y está emparentada con el camote. Los hermosos tonos verdes que admiramos en varios textiles mexicanos se obtienen tiñendo un azul leve de añil sobre un amarillo intenso.

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