Les damos la bienvenida al Museo Textil de los Pueblos Indígenas y Afromexicanos, cuya sede ocupa una de las esquinas más antiguas y significativas del Centro Histórico de la Ciudad de México.
Mucho antes de la construcción actual, este lugar formó parte del recinto ceremonial de México-Tenochtitlan, en el entorno inmediato del Templo Mayor. Bajo el patio se conservan estructuras mesoamericanas —escalinatas y alfardas visibles mediante “ventanas arqueológicas”— que permiten asomarse a esa ciudad antigua. En ese mismo contexto se registraron hallazgos escultóricos emblemáticos, como una serpiente de fuego (xiuhcóatl) y un jaguar-cuauhxicalli, que recuerdan la dimensión ritual y simbólica de este espacio.
Con el paso de los siglos, el solar se transformó en múltiples ocasiones. Hacia finales del siglo XVIII, el predio quedó asociado a José Francisco de Fagoaga y Arozqueta, miembro de una de las familias más influyentes de la élite minera novohispana, quien impulsó la construcción de una residencia neoclásica atribuida a Manuel Tolsá. Más que una obra unitaria, el edificio fue resultado de un proceso prolongado, atravesado por ajustes, decisiones constructivas y posibles reutilizaciones de estructuras previas. Su fachada de cantera, sobria y simétrica, expresa los ideales de orden y proporción del neoclásico, propios de una época que buscaba dejar atrás los excesos del barroco y afirmar una nueva idea de modernidad, mientras que su interior revela las huellas de sus múltiples transformaciones y de una ciudad que comenzaba a redefinirse bajo nuevos principios urbanos y estéticos.
En 1900 el inmueble fue adquirido por el gobierno federal y adaptado para alojar oficinas públicas. Esta etapa dejó marcas visibles en su configuración y en sus acabados: la escalera principal, los barandales de hierro y un conjunto de plafones decorados con pinturas alegóricas de la Justicia y las Artes, enmarcadas por elaboradas yeserías. Una de estas composiciones, firmada por M. Martí en 1902, permite situar con precisión este momento en la historia del edificio y da cuenta de los lenguajes simbólicos del Estado en ese periodo.
A lo largo del siglo XX, la casa atravesó incendios, restauraciones e intervenciones que transformaron sus espacios y, al mismo tiempo, hicieron posible reconocer con mayor claridad sus distintos estratos históricos.
Su vocación pública se renueva hoy al abrirse como un museo que busca conservar, exhibir, estudiar y difundir el arte textil mexicano, con el propósito de ofrecer una visión global y sintética de una de las tradiciones vivas más importantes del país.
Mucho antes de la construcción actual, este lugar formó parte del recinto ceremonial de México-Tenochtitlan, en el entorno inmediato del Templo Mayor. Bajo el patio se conservan estructuras mesoamericanas —escalinatas y alfardas visibles mediante “ventanas arqueológicas”— que permiten asomarse a esa ciudad antigua. En ese mismo contexto se registraron hallazgos escultóricos emblemáticos, como una serpiente de fuego (xiuhcóatl) y un jaguar-cuauhxicalli, que recuerdan la dimensión ritual y simbólica de este espacio.
Con el paso de los siglos, el solar se transformó en múltiples ocasiones. Hacia finales del siglo XVIII, el predio quedó asociado a José Francisco de Fagoaga y Arozqueta, miembro de una de las familias más influyentes de la élite minera novohispana, quien impulsó la construcción de una residencia neoclásica atribuida a Manuel Tolsá. Más que una obra unitaria, el edificio fue resultado de un proceso prolongado, atravesado por ajustes, decisiones constructivas y posibles reutilizaciones de estructuras previas. Su fachada de cantera, sobria y simétrica, expresa los ideales de orden y proporción del neoclásico, propios de una época que buscaba dejar atrás los excesos del barroco y afirmar una nueva idea de modernidad, mientras que su interior revela las huellas de sus múltiples transformaciones y de una ciudad que comenzaba a redefinirse bajo nuevos principios urbanos y estéticos.
En 1900 el inmueble fue adquirido por el gobierno federal y adaptado para alojar oficinas públicas. Esta etapa dejó marcas visibles en su configuración y en sus acabados: la escalera principal, los barandales de hierro y un conjunto de plafones decorados con pinturas alegóricas de la Justicia y las Artes, enmarcadas por elaboradas yeserías. Una de estas composiciones, firmada por M. Martí en 1902, permite situar con precisión este momento en la historia del edificio y da cuenta de los lenguajes simbólicos del Estado en ese periodo.
A lo largo del siglo XX, la casa atravesó incendios, restauraciones e intervenciones que transformaron sus espacios y, al mismo tiempo, hicieron posible reconocer con mayor claridad sus distintos estratos históricos.
Su vocación pública se renueva hoy al abrirse como un museo que busca conservar, exhibir, estudiar y difundir el arte textil mexicano, con el propósito de ofrecer una visión global y sintética de una de las tradiciones vivas más importantes del país.