Sobre esta Exhibición
Es nube, humo, niebla.
Vino a mullírselos como plumón, vino a hacerlo elevarse,
vino a tenderlo horizontalmente.
Es el templero, el dechado,
el lizo, la cabeza del lienzo,
lo que vino a darles, lo que vino a ponerles,
para que se sujeten cual urdimbre al enjulio, para que se manejen
como lizo en el telar…
Pocos años después de la conquista española, Andrés de Olmos recopilaba dichos y proverbios como ejemplos del buen lenguaje, para que otros evangelizadores aprendieran a hablar el náhuatl con elocuencia. Encontró que ciertas partes del telar servían para representar el orden y la armonía en las relaciones humanas. El templero (octacatl), que mantiene pareja la anchura del tejido, y el lizo (xiōtl), que controla a los hilos de la urdimbre, eran mentados una y otra vez en las antiguas coplas. Junto con ellos se hacía alusión al dechado (machiyōtl), el muestrario de figuras que guía a la persona que teje para labrar diseños complejos y hermosos, incorporando plumón mullido en los trabajos más finos. Telar y dechado se convertían así en metáforas de la convivencia ideal en una sociedad.
El telar de cintura que observaron los primeros cronistas de Indias en la Cuenca de México era empleado por todas las comunidades mesoamericanas, así como por los pueblos originarios de buena parte de los Andes y otras regiones sudamericanas. Versátil y portátil, este telar permite tejer una gran diversidad de técnicas, pero genera lienzos relativamente angostos. Hacia el norte, en cambio, los pueblos de la Sierra Madre Occidental y la costa del Pacífico idearon un telar fijo en el piso que permite tejer lienzos anchos y largos. Ambos telares siguen vivos en nuestro país. El primero fue adoptado por comunidades afromexicanas, mestizas e incluso criollas, como reconocimiento tácito del ingenio y la creatividad de los pueblos indígenas.
Vino a mullírselos como plumón, vino a hacerlo elevarse,
vino a tenderlo horizontalmente.
Es el templero, el dechado,
el lizo, la cabeza del lienzo,
lo que vino a darles, lo que vino a ponerles,
para que se sujeten cual urdimbre al enjulio, para que se manejen
como lizo en el telar…
Pocos años después de la conquista española, Andrés de Olmos recopilaba dichos y proverbios como ejemplos del buen lenguaje, para que otros evangelizadores aprendieran a hablar el náhuatl con elocuencia. Encontró que ciertas partes del telar servían para representar el orden y la armonía en las relaciones humanas. El templero (octacatl), que mantiene pareja la anchura del tejido, y el lizo (xiōtl), que controla a los hilos de la urdimbre, eran mentados una y otra vez en las antiguas coplas. Junto con ellos se hacía alusión al dechado (machiyōtl), el muestrario de figuras que guía a la persona que teje para labrar diseños complejos y hermosos, incorporando plumón mullido en los trabajos más finos. Telar y dechado se convertían así en metáforas de la convivencia ideal en una sociedad.
El telar de cintura que observaron los primeros cronistas de Indias en la Cuenca de México era empleado por todas las comunidades mesoamericanas, así como por los pueblos originarios de buena parte de los Andes y otras regiones sudamericanas. Versátil y portátil, este telar permite tejer una gran diversidad de técnicas, pero genera lienzos relativamente angostos. Hacia el norte, en cambio, los pueblos de la Sierra Madre Occidental y la costa del Pacífico idearon un telar fijo en el piso que permite tejer lienzos anchos y largos. Ambos telares siguen vivos en nuestro país. El primero fue adoptado por comunidades afromexicanas, mestizas e incluso criollas, como reconocimiento tácito del ingenio y la creatividad de los pueblos indígenas.